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Luis Alberto Gallegos

Reflexiones sobre la comunicación global y local (PARTE I)

Santiago, Chile, viernes 24 de abril de 2009, por Luis Alberto Gallegos, FELAFACS.- Esta es la publicación de la primera parte de una ponencia presentada en el seminario internacional “Tendencias de la Investigación en Comunicación en América Latina”, de la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social, FELAFACS, el 20-22 de julio de 1999 en Lima, Perú. Por su extensión se publicará en tres entregas y se presentará ampliada y actualizada.

 

De la comunicación global…

 

Interesa, para los fines de esta reflexión, que intentemos aproximarnos a la definición de la comunicación global, que se resume en el concepto de la cultura de masas, definida como la cultura que nace con las comunicaciones de masas que hacen posible la entrega casi simultánea de mensajes idénticos mediante mecanismos de reproducción y distribución rápidos a un número de personas relativamente grande e indiferenciado en una relación anónima. (1).

 

Como toda comunicación, la global tiene sus defectos y sus virtudes. Entre los primeros, podemos señalar que tiene una visión generalizante de la cultura. Cada cultura se sustenta en una tradición, lenguaje, códigos y memoria específicos. La globalización de las comunicaciones, en una era de reestructuración de la producción de mercancías culturales, tiende a la estandarización cultural y a la re-creación de estereotipos. La comunicación global, al homogenizar los mensajes, puede derivar en la privación de las culturas. Como diría León Greco en su canción, en esta globalización todos los globos se revientan.

 

Sin embargo, la comunicación global también tiene sus virtudes. La principal es disponer de un soporte tecnológico sin precedentes en las comunicaciones. La aspiración de toda cultura es a su universalización. Es su vocación ontológica, su razón de ser. La globalización resulta ser un dispositivo brillante a esta vocación. ¡Cómo hubieran deseado los griegos y otras culturas de la antigüedad disponer de satélites y de Internet! Su expansión y hegemonismo hubiera sido cosa de minutos. Por ello, no es extraño que pueblos indígenas avasallados -como los de Chiapas o los mapuche-, hoy acudan a Internet como un instrumento para difundir sus derechos. El aporte de la globalización comunicacional es obvia para estos menesteres. En el fondo, la cuestión reside en qué cultura está detrás del control de los grandes medios de comunicación globales y cuáles son sus intereses.

 

La era de la revolución y mundialización de las comunicaciones ha creado situaciones de desavenencias culturales en otras latitudes. El vertiginoso cambio suscitado en la tecnología de las comunicaciones a través de la televisión abierta, por cable y el satélite obligó desde hace años a países como, por ejemplo, Canadá o Bélgica a proteger mediante programaciones locales, sus propias identidades culturales frente a la intromisión tecnológica y cultural proveniente de países con el mismo idioma. Desde la década de los setenta, Europa -y especialmente Francia- vio reaparecer nuevas formas de nacionalismo cultural de intelectuales, artistas, editores y trabajadores de la prensa, ante la amenaza de la invasión cultural de potencias internacionales (2). La hegemonía que imponen los Estados Unidos en las comunicaciones globales no sólo se expresa en el control del 70% del mercado de las exportaciones de información por computadora y casi el monopolio de la información científica y técnica, sino en la presencia del inglés como el idioma internacional de las redes de información.

 

Las comunicaciones que han incidido en este proceso son principalmente la televisión, cine, radio e Internet. En distintos grados y formas, cada uno de estos medios de comunicación ha moldeado el tránsito cultural, acelerándolo en ciertas tendencias o retardándolo en otras. Las comunicaciones globales tienen el efecto de una interculturización a nivel planetario, que puede generar diversas lecturas, impredecibles opciones y múltiples impactos. El intercambio de mercancías, llevado al intercambio de mensajes globales, ha universalizado culturas, aunque también ha subordinado otras.

 

Llama la atención, en todo caso, el que la globalización de las comunicaciones, con sus correspondientes impactos en las identidades culturales de localidades, etnias y naciones -salvo excepciones-, no haya generado o incrementado un sostenido movimiento de resistencia que, de algún modo, se pronosticó como inevitable. Más bien ha habido una suerte de adaptación, integración o complementariedad cultural cuyos efectos aún no se pueden identificar claramente.

 

En América Latina y en Chile, el tránsito acelerado a una globalización de las distintas esferas de la vida económica, política y comunicacional, ha sido de manera aparentemente "natural" para sus actores. Sin aparente oposición, sin la suficiente irrupción de la identidad cultural propia. Es más, pareciera que se necesitaba de un fenómeno de esta naturaleza, sea para expansión de los mercados, sea para disputar liderazgos regionales, sea para reproducir estereotipos o por la necesidad de nuevos paradigmas y mitos.

 

La globalización también ha tenido un efecto disolvente en el denominado antimperialismo de antaño. En rigor, las actuales son circunstancias donde los EE.UU. ejercen un omnímodo hegemonismo en todas las esferas, incluida la cultural. Más bien son las tendencias liberales las que han dado muestras de disconformidad con esta suerte de sofocación e incluso etnocidio cultural a que la globalización somete a las culturas locales de diversas latitudes.

 

A la comunicación local…

 

En este sentido, es relevante la presencia de actores que, al decir de Marx, han actuado como el topo de la historia: las clases, razas, naciones y género subordinados, marginados y desposeídos. Ellos son los que, desde distintas ópticas y guardando sus diferencias, han dado su voz de alerta y han organizado una incipiente resistencia expresada con diversidad.

 

Es decir, es la ciudadanía la que, de manera dispersa, inorgánica y aún sin proyecciones estratégicas ha optado por disputar palmo a palmo territorios culturales a las transnacionales de las comunicaciones.

 

Una de esas expresiones es la comunicación local que, apropiándose de la tecnología moderna o potenciando los recursos propios, ha intentado revertir parcialmente en espacios focalizados la transnacionalización del pensamiento y el espíritu y ha buscado recuperar la identidad propia de sus orígenes. Experiencias son múltiples: radio, cine y televisión comunitaria, prensa barrial y temática, video popular, teatro callejero, grafittis, arte popular, redes de intercambio, cantores de la calle, peñas folklóricas, religiosidad popular, entre otras.

 

Estas expresiones han sido formas diversas de que la gente ha buscado decir su palabra, ante la indiferencia y obstinación de los detentadores del poder de las comunicaciones. Sin embargo, no siempre lo han logrado plasmar. Han habido largos períodos de oscuridad donde esas mayorías silenciosas han sabido guardarse o se les ha impuesto el silencio. Silencio que se expresó muchas veces en la palabra clandestina, en simbologías o en intermediaciones. Silencio que paulatinamente sale de las penumbras y que hoy busca iluminarse y abrirse a los espacios. Silencio que todavía es balbuceante, como cuando Goethe dice "Aún no sé cómo decirlo, porque todavía no nace la palabra...".

 

Podemos admitir que en este milenio la confrontación con el neoliberalismo y la mundialización de las comunicaciones podría estar situada particularmente en la escena cultural -especialmente desde la esfera local- con un vigor inusitado y resurgido desde las entrañas más profundas del ser mismo de los actores involucrados (3). Sin embargo, dada la dimensión de segmentos sociales involucrados en estas experiencias, pareciera que la expresión comunicación local quedara corta. Porque ello induce a pensar en lo micro, en lo pequeño, en lo minimizado, en lo focal, cuando en realidad estamos ante una gigantesca multitud de personajes y ante una multifocalidad impresionante.

 

Habría que proponer más bien el concepto de comunicación ciudadana como la expresión que más se ajusta a la realidad de este fenómeno. Además, porque de todas las experiencias indicadas hay medios para todos los gustos. ¿Cómo definir a una radio comunitaria de 50 kilowats como medio local? Imposible. La potencia y cobertura no determina el carácter del medio. La definición de comunicación ciudadana, además, rescata el sello de lo que ha venido a llamarse el tercer sector de la sociedad. Lo ciudadano como uno de los roles del individuo en su inserción social, en su asunción como ser en relación a, situado y conectado, referenciado por sus nexos con los demás. Lo ciudadano, no sólo en su sentido tardíamente liberal de los derechos y deberes, sino lo ciudadano como el espacio donde se dirime el futuro de la sociedad y, en definitiva, de la humanidad.

 

Intentemos explorar y entender el porqué la comunicación local ha sido de modo natural y sin tránsito la que le ha salido, como dicen los comunicadores centroamericanos, como David frente a Goliat, a las transnacionales de la globalización.

 

Un primer acercamiento nos induce a admitir que la globalización tiene grandes vacíos y carencias en su propuesta comunicacional que probablemente sean su sino existencial ineluctable. Una de ellas, la fundamental, es -salvo excepciones- la débil participación ciudadana. El acceso del receptor al medio, la recreación permanente de la dualidad emisor-receptor/receptor-emisor, obviamente, el medio globalizado no lo puede hacer a plenitud por su propio carácter. En cambio, la comunicación local o ciudadana tiene la virtud de ser mucho más permeable y flexible a la participación social, de modo tal que se adapta a la realidad de los auditores y receptores. Esto hace que la gente asuma al medio como suyo, lo incorpore a su identidad, se apropie del mismo. No obstante, ello no significa que los medios globales no logren acceder a cierto grado de este tipo de apropiación por parte del receptor. Se pueden presentar situaciones donde algunos de estos medios globalizados efectivamente lo logran, particularmente en la radiodifusión donde la identificación con programas, personajes o con estilos es mucho más frecuente que con la TV o la prensa. Pueden crearse situaciones de co-existencia entre ambos tipos de medios. En sondeos de sintonía se han dado casos donde radio-oyentes dan sus preferencias por radioemisoras satelitales, pero también por la radio local de su comuna, localidad o región. La diferencia radica en el grado de proximidad y empatía que se establece entre el medio y el receptor. Empatía que está cifrada por códigos, lenguaje, memoria, complicidad, sentimiento, en otras palabras, por identificación cultural.

 

Como parte de este empoderamiento que el receptor-emisor obtiene del medio local o ciudadano mediante su participación de mil diversas formas, podemos señalar que un aspecto crucial siempre presente, es el de las expectativas de cambio que se desprende de ese tipo de relación medio-receptor. Sean éstos cambios de carácter prosaico -servicios de utilidad pública o doméstica- o sean cambios de carácter estratégico -desarrollo local, calidad de vida, medio ambiente, relaciones de fuerza, acumulación de poder-. El tipo de expectativas que se establezcan, naturalmente, siempre dependerán del grado y tipo de conciencia para sí del receptor. El medio local o ciudadano tiene, a diferencia del medio global que se percibe lejano y parte componente de las estructuras de poder, la virtud de constituirse potencial o efectivamente en el instrumento de transformación de la situación en que se encuentra la ciudadanía. El medio como posibilidad de ser instrumento de poder. Este es el quid del asunto.

 

El empoderamiento que el receptor-emisor adquiere en el medio local también tiene una particularidad muy importante: la construcción de espacios democráticos locales o regionales. El acceso de la ciudadanía al ejercicio de la democratización de la sociedad y sus estructuras, tiene más relevancia y fluidez desde lo local, desde lo propio y lo próximo. Por ello los medios locales tienen la excelencia para esta expresión de lo político y lo cultural. Y también en lo económico, cuando se trata de crear la gestión productiva de la población. Sin embargo, esta faceta no se verá cubierta desde el medio global, excepto cuando la ciudadanía irrumpa en desenlaces de hechos políticos de envergadura o simplemente cuando se convierta efectivamente en poder local, regional o, en definitiva, cuando se instale como el nuevo poder del Estado. (FIN PARTE I)

 

NOTAS

 

(1) Los medios de comunicación en tiempos de crisis, Armand y Michéle Mattelart, Tercera Edición, Siglo XXi Editores, Madrid, 1985. p. 10.

(2) S. Nora y A. Minc, señalan que "Dejar a otros, o sea a bancos norteamericanos el cuidado de organizar esta 'memoria colectiva' y contentarse con tomar de ella equivale a aceptar una enajenación cultural. La creación de bancos de datos es, pues, un imperativo de soberanía" (L'infortisation de la société", enero 1978). Asimismo, cien autores y artistas franceses señalan: "No desconocemos la contribución de cada cultura al patrimonio universal, y nos regocijamos cada vez que la televisión nos presenta grandes obras llegadas de otras partes. Pero pensamos también que la cultura universal se empobrece cada vez que una cultura nacional se debilita o abdica". (Manifiesto de la Televisión). A.M. Mattelart, Ob. cit. p. 90 y ss.

 

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